Siempre que hablamos de la importancia de la microbiota intestinal en nuestra salud recordamos que es esencial que haya diversidad bacteriana y que debemos cuidar su equilibrio mediante una dieta adecuada. Solemos entonces mencionar a los prebióticos, esos nutrientes que sirven como alimento de nuestras bacterias ‘buenas’. Pero si queremos entender cómo y por qué estas bacterias pueden protegernos de la enfermedad, tenemos que ir un paso más allá: la clave está no solo en lo que comen, sino en lo que hacen con lo que comen.
Para entenderlo, pensemos que las bacterias también ‘hacen la digestión’. Y fruto de esa ‘digestión’, producen unos ácidos grasos de cadena corta que, a su vez, sirven de alimento a las células de la pared intestinal. La más importante de estas sustancias es el butirato, que se ha convertido en la estrella de las investigaciones en microbiota.
La clave no está solo en lo que comen las bacterias, sino en las sustancias que fabrican con lo que comen
El esquema, en principio, es muy sencillo: nosotros damos fibra a las bacterias y ellas nos dan butirato. “Es un ejemplo perfecto de simbiosis, de mutualismo -explica el doctor Francisco Guarner, director de la Unidad de Investigación del Sistema Digestivo en el Hospital Universitario Vall d’Hebron-. Comemos carbohidratos complejos de los vegetales que no podemos metabolizar; llegan así intactos al intestino, donde sirven de alimento a las bacterias, que sí los metabolizan y generan butirato; con este butirato se alimenta a las células epiteliales y, de esta manera, se protege la barrera intestinal”.
La protección de esta barrera es clave para evitar problemas como el intestino permeable: una pared con ‘agujeros’ permite el paso al torrente sanguíneo de sustancias tóxicas y pone en alerta a nuestro sistema inmune; si la situación se mantiene en el tiempo, aparecerá una inflamación de bajo grado que, como apunta el doctor Guarner, puede ser el germen de distintas enfermedades. “Detrás de muchas patologías, como la diabetes, la obesidad, el síndrome metabólico… hay una disbiosis, una alteración del equilibrio de la microbiota. Y en los últimos cinco años estamos viendo que una de las claves de esta disbiosis es que no está llegando suficiente butirato a las células intestinales”.
Foto: iStock.
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Si nos preguntamos por qué pasa esto, seguro que se nos vienen a la cabeza dos razones: una, que no tengamos bastantes bacterias productoras de butirato; otra, que no le estemos dando a las bacterias la cantidad necesaria de alimento para que lo fabriquen. Lo primero puede suceder, por ejemplo, tras estar tomando antibióticos; lo segundo, por una dieta deficitaria en fibra.

La lucha por la supervivencia

Habíamos dicho anteriormente que el butirato es el alimento de las células del epitelio intestinal; pues bien, cuando, por un motivo o por otro, no tienen suficiente alimento, estas células que protegen la pared intestinal tendrán que procurarse la comida por otro lado. Y la obtienen de la glucosa que les llega de la sangre. De esta glucosa obtienen energía, pero se crea dentro del intestino un ambiente más aerobio, más rico en oxígeno, que ‘asfixia’ a las bacterias buenas. Como explica el doctor Guarner, “entramos en una situación metabólica en la que las bacterias que sobreviven son precisamente las que estropean la barrera intestinal. Es algo que estamos viendo en la enfermedad inflamatoria intestinal y también en la obesidad con síndrome metabólico”.
Nos encontramos así con un desequilibrio que juega en contra nuestra: aumenta el número de bacterias que producen inflamación e incomodan a la pared intestinal, que comienza a fallar. “Durante mucho tiempo se cuestionó el concepto de intestino permeable; solo se admitía para situaciones extremas, en enfermedades hepáticas avanzadas o en pacientes en estado de shock. Pero no se creía que también tuviera importancia en estas situaciones de inflamación de bajo grado. Hoy estamos preocupados, vemos que hay muchas patologías que se producen por fallos en la barrera intestinal”.
Entre estas patologías destacan aquellas relacionadas con la obesidad central, con mucha grasa perivisceral. “Esa grasa central sí depende de que la pared intestinal esté fallando. Hay permeabilidad, pasan más endotoxinas y hay más inflamación. Y ahí es donde más vemos este defecto de intercambio en el que las bacterias productoras de butirato han ido siendo sustituidas por bacterias inflamatorias”.

Los problemas de la dieta

Lógicamente, el primer paso para revertir esta situación debería pasar por una modificación de la dieta. Se trataría de incluir más sustratos vegetales y, dentro de ellos, fibras más complejas, como las de los cereales integrales -que no tienen solo celulosa, sino también mayor diversidad de componentes- o las inulinas, presentes en muchas raíces.
La fibra que ayuda a producir más butirato puede también provocar más síntomas intestinales molestos
Parece sencillo, ¿verdad? Pues no lo es tanto: resulta que las personas que tienen esta disbiosis son las mismas que, cuando toman más fibra, tienen muchas más molestias intestinales. “En Vall d’Hebron estamos trabajando mucho en este tema y hemos observado que, al darles esta dieta, los pacientes no fermentan bien estos alimentos y presentan más síntomas. Les cuesta un tiempo adaptarse, tenemos algunos voluntarios que, tras cuatro semanas de cambio de dieta, aún no se han adaptado, hacen mucho gas…”.
Foto: iStock.
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Claro, se da la paradoja de que la dieta que se propone para conseguir más butirato se opone justamente a la dieta baja en fermentables, a la dieta FODMAP. “Es verdad que los pacientes se sienten mejor con la FODMAP, pero pensamos que puede ser a corto plazo. Nosotros estamos trabajando justo en el sentido contrario: en no eliminar aquello que te da síntomas, sino en intentar hacer que el organismo se readapte. Y para ello estamos dando prebióticos”.
Otra opción para aumentar el número de bacterias productoras de butirato es la de cocinar alimentos ricos en almidón y enfriarlos después. Se forma de este modo un almidón que resiste al proceso digestivo y queda disponible para que lo coman las bacterias. Se convierte así en una especie de fibra que actúa como prebiótico y produce distintos ácidos grasos de cadena corta, entre los que encontramos el butirato