El desplome de la ayuda humanitaria ahonda la cicatriz del pueblo saharaui: “Hay familias que no tienen ni para comprar un pedazo de pollo a la semana”
El desplome de la ayuda humanitaria ahonda la cicatriz del pueblo saharaui: “Hay familias que no tienen ni para comprar un pedazo de pollo a la semana”
Tras 50 años de exilio, el 90% de la población de los campamentos de Tinduf depende de una asistencia internacional cada vez más mermada tras los recortes de financiación de Estados Unidos y otros donantes. Falta agua, comida y medicamentos

Mohamed Brahim se pasa los dedos entre el pelo salpicado de cabellos blancos. “Tengo solo 40 años y muchísimas canas”, se lamenta, sentado en una sala del Hospital Nacional Bachir Saleh de Rabuni, situado en el centro administrativo de los campamentos saharauis en Tinduf, en Argelia. Cobra el equivalente a 150 euros cada tres meses como incentivo por su trabajo de enfermero y subdirector del hospital. El dinero “no me da”, cuenta con voz cansada. Para mantener a su familia, regenta además una pequeña tienda y acepta trabajos extra cuando aparecen. “¿Cómo voy a alimentarla? ¿Con los dos kilos de arroz de la ayuda humanitaria que me dan al mes?”, se pregunta. “Siempre verás a los trabajadores en los campamentos estresados, debilitados y resolviendo. Tenemos que buscar la manera de que entre dinero en casa”, continúa. “Hoy hay familias que no tienen ni para comprar un pedazo de pollo a la semana”, añade.
Tras 50 años de exilio, el deterioro de la ayuda humanitaria ha precarizado aún más la vida de las alrededor de 173.600 personas que habitan en los cinco campamentos saharauis ubicados en la hamada argelina, un desierto pedregoso donde el horizonte solo se rompe por los miles de plásticos esparcidos sobre la tierra. En los almacenes centrales de la Media Luna Roja Saharaui, su presidente, Buhubeini Yahia, describe la ayuda humanitaria que reciben los saharauis como “dar un paracetamol a un paciente para mitigar su dolor”.
Un parche, sí, pero imprescindible en un territorio donde alrededor del 90% de sus habitantes depende de una asistencia internacional cada vez más mermada, sobre todo después de 2025, año en el que el sector humanitario vivió un terremoto provocado por el cierre de USAID, la agencia de cooperación estadounidense, y por los recortes en la ayuda oficial al desarrollo de varias potencias europeas.
En 2024, Washington aportó más de 8 millones de dólares (unos 6,8 millones de euros), cerca de la mitad de los fondos que recibió Acnur en Argelia. En 2025, esa contribución cayó a poco más de 2 millones de dólares (unos 1,7 millones de euros). Esto se ha sentido con fuerza en el presupuesto que esta agencia de Naciones Unidas destina a los saharauis en Tinduf. “En 2024, el presupuesto del Acnur para los refugiados saharauis fue de 9,4 millones de dólares (8 millones de euros). En 2025, cayó a 5,6 millones (4,79 millones de euros)“, resume Yahia.
Este tajo abrupto ha afectado a las ONG que operan sobre el terreno, y ha dejado sectores estratégicos como el agua o la salud aún más desprotegidos. En abril de 2026, EE UU ya ni siquiera figuraba entre los principales donantes que han materializado aportaciones dentro del plan humanitario de respuesta conjunta para los campamentos.
Mientras tanto, el sistema intenta sostenerse con fondos mucho más limitados y con donantes que han continuado contribuyendo, como la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), que en 2025 aportó 12 millones de euros de ayuda humanitaria a la población saharaui refugiada, cifras similares a las de 2024. De cara a 2026, la previsión es mantener un nivel de financiación similar al de 2025.
Una lucha mes a mes
En Smara, a unos kilómetros de los almacenes de la Media Luna Roja Saharaui, varios operarios descargan de un camión grandes sacos de 50 kilos de arroz y pasta del Programa Mundial de Alimentos (PMA). Son las siete de la mañana y Mariam Jairi supervisa pacientemente la operación. Es la responsable de ese punto de distribución de la canasta de comida humanitaria, que abastece a los vecinos de uno de los barrios de este campamento. Dice que las cantidades ya no son las mismas. Tampoco la variedad. Hace tiempo que dejaron de venir alubias y los productos llegan más tarde. Es uno de mayo y los alimentos de abril todavía no se han terminado de repartir.
En una casa del campamento de Auserd, Jadu Mohamed, de 40 años, recuerda cuando las familias recibían sardinas en lata y huevos con frecuencia. “Ahora solo llegan en Ramadán”, cuenta sentada junto a su madre, que asiente a sus palabras recostada sobre un cojín. La anciana llegó a los campamentos hace cinco décadas, después de que tuviera que huir de Dajla, su ciudad del Sáhara Occidental, cuando Marruecos se anexionó la que hasta entonces había sido la provincia española número 53. No sabe cuántos años tiene. Dice que nació cuando los españoles llegaron al Sáhara con la primera vacuna. También recuerda cómo la canasta básica era más rica y variada antes. “Mi tierra estaba llena de cosas, tenía verduras y comida”, murmura. “Quiero volver”.
Justo cuando se cumplen 50 años de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), tras la ocupación marroquí del Sáhara Occidental en 1975 y el éxodo de miles de saharauis a los campamentos de Tinduf, la causa saharaui atraviesa uno de sus momentos más delicados. La ONU y parte de la comunidad internacional han ido respaldando el plan de autonomía propuesto por Marruecos como principal vía de solución, relegando la histórica promesa de un referéndum de autodeterminación defendida por el Frente Polisario para este territorio no autónomo pendiente de descolonización.
Unas calles más allá, Caltum Mohamed Alí espera sentada sobre las alfombras de su jaima mientras su único nieto juguetea con una pelota. Muchas familias mantienen sus tiendas tradicionales junto a las casas de los campamentos. Allí duermen durante algunas noches, reciben visitas y comparten la ceremonia del té: tres rondas y mucho azúcar. Es viernes y en las casas saharauis ese día se come cuscús. Caltum se incorpora despacio para preparar el té y colocar la olla de comida al fuego. Dice que la carne se ha vuelto demasiado cara y que ahora “viven de pollo, que es más barato”. También han subido los huevos, la leche y casi todos los alimentos básicos. El único sueldo de la casa, el de su hijo militar, suele retrasarse. Tampoco tienen familiares en España “que les puedan echar una mano”. Cuenta que la ayuda humanitaria llega cada vez más tarde, aunque agradece que lo siga haciendo. “Nos vamos apañando”, dice. Hace ya un año que no reciben la caja con productos de higiene. “Seguramente volverá”, añade con esperanza.
Los recortes de fondos han venido para quedarse, no es un bacheEduardo Irigoyen Soria, director de la Asociación de Trabajadores y Técnicos sin Fronteras (ATTsF)
El optimismo de la anciana contrasta con las palabras de Eduardo Irigoyen Soria, director de la Asociación de Trabajadores y Técnicos sin Fronteras (ATTsF), ONG encargada del mantenimiento y reparación de la flota de cisternas y distribución de agua en los campamentos. “Los recortes de fondos han venido para quedarse, no es un bache”, asevera en una entrevista telefónica. No en vano, su sector es uno de los que ha sufrido uno de los golpes más duros de la reducción de fondos de Acnur.
“Nos morimos de sed”
Son las doce del mediodía y varios grupos esperan a que llegue el camión cisterna, cobijados del sol bajo uno de los pocos árboles que hay en el campamento de Auserd. Unos adolescentes juegan al dominó. Mientras, unas mujeres conversan envueltas en melfas de vivos colores. “Nos morimos de sed”, grita alguien cuando llegan las reporteras.
“Ahora mismo no se alcanzan en todos los campamentos los 20 litros por persona, el estándar mínimo que establece la ONU para situaciones de emergencia”, explica Irigoyen. Hace dos años, el sistema contaba con 36 camiones cisterna. En 2025, Acnur financiaba 26 vehículos, además de chóferes, mecánicos y mantenimiento. Esa contribución desapareció en enero de 2026 y, aunque distintos fondos europeos y propios han permitido sostener parcialmente el servicio, actualmente solo operan 16 camiones. “El impacto ha sido brutal”, resume Irigoyen. “Habrá más tiempo de espera en la distribución, peor acceso y más cortes”.
El agua llega desde una planta de tratamiento situada a unos 50 kilómetros y se distribuye después entre los distintos campamentos. Sobre el papel, las familias deberían recibir suministro cada dos semanas en verano y una vez al mes en invierno, explica Bol-la Salama, técnico saharaui de proyectos con ATTsF. En la práctica, los retrasos son constantes y muchos puntos de distribución no tienen presión suficiente. “De pequeño teníamos menos capacidad para almacenar agua, pero al menos llegaba”, recuerda Salama. Algunas familias llevan más de un mes esperando el siguiente reparto.
De vuelta en los almacenes de la Media Luna Roja Saharaui, Buhubeini resume el panorama general como una “lucha mes a mes para encontrar financiación”, a veces para el gas, que también se vio afectado por los recortes de Acnur, otras para aceite. En el caso de otros ingredientes como la levadura, imprescindible para hacer pan, ha dejado de ser financiada por la agencia de la ONU para los refugiados y ahora corre a cargo de las familias. El stock de emergencia de los alimentos se ha acabado, el de seguridad está al límite y a cero en lentejas y aceite. El presidente de la ONG saharaui describe llamadas, reuniones y peticiones de última hora a los distintos actores humanitarios con el objetivo de lograr hacer malabares con unos fondos cada vez más exiguos. La cesta básica de 16 kilos ahora cuesta 782 dólares por tonelada; antes de la covid, 492. Una subida de precios que no se ha visto acompañada de un aumento de las contribuciones, dice Buhubeini. El mes pasado, el PMA advirtió de que las necesidades de financiación de aquí a septiembre son de 6,4 millones de dólares (5,46 millones de euros). Sin nuevas contribuciones, alerta, se verá obligado a reducir de nuevo las raciones, como pasó en 2023, y suspender los suplementos nutricionales.
Papel de regalo para cubrir grietas
Las paredes de la oficina de la escuela infantil Mártir Ali Mohamed Alí de Auserd están cubiertas con un papel de regalo plagado de ositos y lunas. Un patrón que se reproduce una y otra vez y que, lejos de ser una simple decoración, sirve para ocultar los desconchones de pintura y las grietas que amenazan las paredes del centro.
Su directora, Meimuna Mohamed Fadel, explica que la escuela sobrevive gracias al esfuerzo de las educadoras y a una constante capacidad de improvisación. Faltan juguetes, material escolar y recursos básicos. Las estructuras del parque infantil han sido construidas reutilizando hierro y sillas viejas de los pupitres. Desde hace tres años apenas llega material escolar y este curso solo los alumnos más mayores recibieron un lote de cuadernos y lápices. En una esquina del patio, un pequeño huerto intenta enseñar a los niños que más allá del desierto existen árboles, vegetación y otros paisajes posibles.
Las profesoras de infantil reciben alrededor de 30 euros mensuales. “Nadie puede vivir de esto”, admite la responsable del centro. Aun así, muchas continúan trabajando por vocación. Mohamed explica que durante décadas los hombres estuvieron en el frente de guerra al tiempo que ellas asumían “otro frente”: el de la educación y el cuidado de los niños saharauis en el exilio. Recientemente, Unicef ha advertido de que más de 40.000 alumnos saharauis de primaria corren el riesgo de perder la escolarización por la falta de financiación y que los incentivos de más de 2.000 maestros voluntarios están en peligro.
El día a día resolviendo
Los recortes han provocado el cierre de oficinas, reducción de puestos de trabajo y reubicación de fondos de ONG y agencias, pero también han dejado otras víctimas: los trabajadores saharauis. Luali Bah, de 39 años y licenciado en Filología Inglesa, perdió su empleo en mayo de 2025 tras la retirada de la financiación estadounidense. Padre de cuatro hijos de entre 3 y 9 años, llevaba una década trabajando con organizaciones internacionales y, en los últimos años, ejercía como jefe de proyectos en una ONG italiana. “Entre mayo y septiembre despidieron a unas cinco personas de un equipo de 12. Este año echaron a otras dos”, cuenta.
Dice que la misma situación se repite en otras organizaciones, donde trabajadores locales han perdido empleos como traductores, conductores o asistentes. Los 400 euros mensuales que cobraba desaparecieron de un día para otro. “Ahora mismo —sonríe con resignación— en mi familia no tenemos ingresos para vivir diariamente. Cada día viene con sus retos”. Desde su despido, sobrevive haciendo traducciones y colaboraciones esporádicas para otras organizaciones. “Tú también eres refugiado y necesitas el dinero. Y no trabajas solo para tu familia, sino también para tus padres, hermanas, vecinos, tíos…”.
La mayoría de la gente no tiene incentivos mensuales. Lo que hace es pedir ayuda a un vecino o resolver para completar la dieta diariaLuali Bah, trabajador humanitario saharaui
Cree que sus hijos crecerán en condiciones más duras que las de su propia generación. Los datos de 2025 reflejan un deterioro alarmante de la situación nutricional infantil en los campamentos, que ha retrocedido a niveles no vistos en los últimos 15 años. La desnutrición aguda global alcanzó su porcentaje más alto desde 2010 (13,6%) y aumentaron el retraso del crecimiento (30,7%) y la anemia entre los menores de cinco años y mujeres (65%).
“La mayoría de la gente no tiene incentivos mensuales. Lo que hace es pedir ayuda a un vecino o resuelve como puede para completar la dieta diaria”, dice Bah. La falta de estabilidad y de perspectivas de futuro, marcada por cinco décadas de exilio y agravada en los últimos años, ha acelerado el éxodo de jóvenes saharauis.
Un diagnóstico que comparte Alien Abdullah Chej, director de cooperación del Ministerio de Salud Pública saharaui. Pone como ejemplo la Escuela de Enfermería Ahmed Abdel-Fatah, que cada año forma a entre 10 y 15 enfermeros saharauis. “La mayoría se fue a España y a otros países europeos. No hay incentivos [para quedarse]”, explica. La supervivencia de la escuela depende ahora de una financiación cada vez más incierta. Los fondos de Acnur que sostenían el proyecto solo estaban garantizados hasta mayo. La nueva promoción se graduará el próximo día 20, pero todavía nadie sabe cómo continuará el curso siguiente. “El responsable de salud de Acnur nos dijo que esperaba recibir fondos de la Unión Europea y de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), pero todavía no hay nada asegurado”, cuenta Abdullah.
En el hospital de Rabuni, el enfermero Mohamed Brahim pone voz a una preocupación que atraviesa los campamentos. “Si todos migran, ¿quién cuidará a los ancianos, a las mujeres, a los niños?”, se pregunta. Brahim recuerda el caso de nueve enfermeros que este año se subieron a un bote para intentar llegar a Europa. “El mundo cambia y todo sube, también la vida. Por eso buscan otras posibilidades”, dice. “Gracias a Dios llegaron. Pero si uno hubiera caído al mar, una familia habría perdido a uno de sus miembros”.
El personal que se queda intenta cubrir los huecos. “Deberíamos tener 50 enfermeros; sin embargo, somos 24”, resume Brahim. Ante la falta de especialistas, a veces un médico, un auxiliar o un enfermero como él terminan realizando tareas que no les corresponderían. Otros problemas son los equipos averiados que no se reemplazan o la infrafinanciación de departamentos como fisioterapia, que funciona con apenas el 20% de los fondos. También escasean medicamentos esenciales para tratar enfermedades crónicas como la diabetes. “La insulina presenta un déficit muy, muy alto. De casi un 70%”, explica. “Los medicamentos están financiados por ECHO y esperamos que lleguen a partir de julio; los que tenemos ahora son del pedido del año pasado”, dice Abdullah, que nota que la financiación europea solo cubre el 70% de las necesidades.
Los cubanos ya somos especialistas; tenemos una maestría en hacer más con menosJorge Luis Morera, médico cubano en los campamentos de refugiados saharauis
El médico cubano Jorge Luis Morera, de 56 años, lleva tres entregado a su “gente del desierto”. Afable y de hablar pausado, este doctor del pabellón de urgencias también ha notado la disminución de recursos. “Si mira alrededor, verá muchos estantes vacíos de medicamentos”, dice. Despacha rápido a las periodistas porque tiene que atender a una paciente con un problema cardiovascular. “Pero con lo que hay intentamos trabajar”, resume encogiéndose de hombros. Luego sonríe con ironía: “Los cubanos ya somos especialistas: tenemos una maestría en hacer más con menos”.
En el pabellón de ginecología y obstetricia, varias mujeres esperan a ser atendidas sentadas en el suelo. Dentro de una de las consultas, la ginecóloga María Ofelia Benítez, de 61 años, realiza una ecografía a una embarazada. En una de las habitaciones hay dos mujeres ingresadas. Una de ellas se retuerce ligeramente apoyada sobre la cama. Las contracciones son cada vez más intensas; está a punto de dar a luz. En la cama contigua, Fahda Said, de 38 años y madre de un niño de un año y pocos meses, se recupera de un aborto de 12 semanas. Cuenta que sus condiciones de vida son muy duras y que padece anemia, una afección que afecta a buena parte de las mujeres en edad reproductiva de los campamentos. Después de recorrer 500 metros cargada con garrafas de agua de 20 litros, comenzó a sentirse mal. Poco después perdió al hijo que esperaba.
Benítez, que trabaja en los campamentos desde hace un año y es integrante de la Brigada Médica Cubana, asegura que la población saharaui está muy necesitada de servicios médicos, especialmente las mujeres. “Muchas llegan al parto sin haber recibido atención prenatal. Hay muchos problemas con la anemia; necesitan suplementos de hierro y vitaminas para afrontar el embarazo y el parto en mejores condiciones”.
Condenados a vivir separados
A resguardo del sol del mediodía, que en mayo ya abrasa la piel y en agosto supera los 50 grados, Mohamed Ahmed —nombre cambiado— pone palabras a una frustración compartida por muchos jóvenes saharauis. “Actualmente es primordial [para las familias] tener a alguien en España trabajando”.
Cuando vivía allí, era él quien enviaba dinero. Ahora, con 34 años, es quien lo recibe de sus hermanos que migraron a Europa. Ahmed resume así la sensación de muchos saharauis de su generación: eres mayor de edad, trabajas, quieres formar una familia, pero dependes de un hermano que recoge aceituna en España para mantenerte. También para quienes emigran, añade, la carga termina siendo enorme. “El éxodo saharaui nos ha condenado a vivir separados”, dice con amargura.
“La población saharaui no sufre por hambre; sufre por la larga espera, por el tiempo que ha pasado, por este lugar inhóspito”, se queja señalando a su alrededor. “Ahora dicen que tenemos luz”, ironiza. “Vente en agosto: la cortan a las once de la mañana”. Terminar la universidad tampoco garantiza nada. “El que se forma no tiene dónde desempeñar su trabajo; el que no lo hace, está aún peor”, lamenta. “Cuando era niño, en las conferencias nos repetían: ‘Aunque yo no llegue a ver un Sáhara libre, ojalá lo vean mis hijos’”, recuerda Ahmed. Él entendía que gente como sus padres podían decirlo porque habían nacido allí, porque sí habían conocido su tierra. Calla unos segundos antes de continuar: “Pero ahora soy yo quien tiene tres hijos y me cuesta pronunciar esa misma frase. Aunque siga deseando verlo”.
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