Seguimos viviendo en una sociedad que convierte a las familias en sistemas de cuidados permanentes.
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Paloma Lozano Rubiale
hace 1 hora • Visible para cualquier persona dentro o fuera de LinkedIn
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El amor no puede sustituir nuestros derechos
Una madre es una madre.
Una hermana es una hermana.
Y una cuidadora, una enfermera, una auxiliar, una médica o una profesional de atención a personas dependientes son precisamente eso: profesionales formadas para cuidar.
Seguimos viviendo en una sociedad que convierte a las familias en sistemas de cuidados permanentes.
Y eso tiene un coste enorme para todas las personas implicadas.
Cuando los cuidados recaen únicamente sobre el entorno cercano, no solo se limita la vida de quienes cuidan —su descanso, su salud física y emocional, sus proyectos o su libertad—, también se alimenta una idea profundamente capacitista: que una persona con diversidad funcional que necesita apoyos es una carga.
Y claro que una acaba sintiéndose así cuando crece escuchando, viendo y viviendo ese mensaje constantemente.
Todas las personas dependemos unas de otras de alguna manera.
La diferencia es que algunos apoyos están reconocidos y otros se sostienen a base de amor, agotamiento y culpa.
Los apoyos necesarios para vivir con dignidad no deberían depender de que tu madre pueda más, de que tu pareja aguante o de que tu familia termine completamente desgastada.
Porque entonces no hablamos de vida independiente.
Hablamos de supervivencia.
La Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad/ diversidad funcional reconoce el derecho a vivir de forma independiente y a decidir dónde, cómo y con quién vivir.
Eso significa tener apoyos profesionales y recursos suficientes para que nuestro entorno pueda ser precisamente eso: entorno..
Personas con las que compartir vida, afecto y vínculos.
No relaciones atravesadas por el cansancio extremo, la dependencia absoluta o el miedo constante a ser “demasiado”.
Porque cuando tu bienestar depende únicamente de la buena fe de quienes te rodean, las relaciones se vuelven profundamente desiguales.
Y ahí aparece la vulnerabilidad.
No por casualidad, las mujeres con diversidad funcional son especialmente vulnerables a la violencia familiar y de género. Según datos del Ministerio de Igualdad, las mujeres con discapacidad o diversidad funcional sufren mayores tasas de violencia y tienen más dificultades para salir de esas situaciones debido precisamente a la dependencia económica, física o de cuidados.
Necesitamos apoyos.
Necesitamos asistencia personal.
Necesitamos recursos para vivir en nuestras casas, en comunidad y con autonomía real.
Porque el problema nunca fue necesitar ayuda.
El problema es que la sociedad siga pensando que esa ayuda debe sostenerse únicamente sobre el sacrificio invisible de las familias.
Y quizá la pregunta incómoda sea esta:
¿ porque sostener un sistema que condena a situaciones donde muchas personas no pueden decidir ni algo tan básico como dónde, cómo o con quién vivir sin depender del agotamiento de quienes aman?
Una madre es una madre.
Una hermana es una hermana.
Y una cuidadora, una enfermera, una auxiliar, una médica o una profesional de atención a personas dependientes son precisamente eso: profesionales formadas para cuidar.
Seguimos viviendo en una sociedad que convierte a las familias en sistemas de cuidados permanentes.
Y eso tiene un coste enorme para todas las personas implicadas.
Cuando los cuidados recaen únicamente sobre el entorno cercano, no solo se limita la vida de quienes cuidan —su descanso, su salud física y emocional, sus proyectos o su libertad—, también se alimenta una idea profundamente capacitista: que una persona con diversidad funcional que necesita apoyos es una carga.
Y claro que una acaba sintiéndose así cuando crece escuchando, viendo y viviendo ese mensaje constantemente.
Todas las personas dependemos unas de otras de alguna manera.
La diferencia es que algunos apoyos están reconocidos y otros se sostienen a base de amor, agotamiento y culpa.
Los apoyos necesarios para vivir con dignidad no deberían depender de que tu madre pueda más, de que tu pareja aguante o de que tu familia termine completamente desgastada.
Porque entonces no hablamos de vida independiente.
Hablamos de supervivencia.
La Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad/ diversidad funcional reconoce el derecho a vivir de forma independiente y a decidir dónde, cómo y con quién vivir.
Eso significa tener apoyos profesionales y recursos suficientes para que nuestro entorno pueda ser precisamente eso: entorno..
Personas con las que compartir vida, afecto y vínculos.
No relaciones atravesadas por el cansancio extremo, la dependencia absoluta o el miedo constante a ser “demasiado”.
Porque cuando tu bienestar depende únicamente de la buena fe de quienes te rodean, las relaciones se vuelven profundamente desiguales.
Y ahí aparece la vulnerabilidad.
No por casualidad, las mujeres con diversidad funcional son especialmente vulnerables a la violencia familiar y de género. Según datos del Ministerio de Igualdad, las mujeres con discapacidad o diversidad funcional sufren mayores tasas de violencia y tienen más dificultades para salir de esas situaciones debido precisamente a la dependencia económica, física o de cuidados.
Necesitamos apoyos.
Necesitamos asistencia personal.
Necesitamos recursos para vivir en nuestras casas, en comunidad y con autonomía real.
Porque el problema nunca fue necesitar ayuda.
El problema es que la sociedad siga pensando que esa ayuda debe sostenerse únicamente sobre el sacrificio invisible de las familias.
Y quizá la pregunta incómoda sea esta:
¿ porque sostener un sistema que condena a situaciones donde muchas personas no pueden decidir ni algo tan básico como dónde, cómo o con quién vivir sin depender del agotamiento de quienes aman?
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No se realmente como se podrà arreglar toda esa dependencia que padece mucha gente ,cuando oimos que los que mandaran mañana o sea la juventut de hoy parte de ella no le interesa el asunto o aun peror creen que la ccarga que generan la gente mayor repercute en la mala suerte que segun ellos tienen,trabajos malpagados, no poder acceder con la pareja a un piso en codiciones aceptables monetariamente etc.Pero si una cosa he aprendido es que delante las injusticias se tiene que arrimar el hombro constantemente y como una pulga molestar lo que haga falta hasta que nos hagan caso.
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Eso del grado es de aquellas cosas que la mayoria de mortales desconoce hasta que lo necesita para el o para un familiar.Eso seria una de las faltas que nuestra sociedad padece, escondemos que una persona con dependencia si tiene el grado 1 puede acceder al pago de una persona para que le ayude en casa .Solo con este grado aunque la persona este bien jodida no accede a la plaza pública en una residencia y si mira el precio de una privada verá que el precio sube a los 2200€ mínimo mensuales (¿quien puede pagarse esa morterada de dinero? casi nadie o con la ayuda de toda la familia).Si te conceden el grado 2 que es necesario la intervención divina puedes acceder a una plaza pública pagando con tu pension y el govierno te paga el resto...pero ahí esta el pero, la espera es interminable y asi estamos en este pais.
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Ferran Sala Casasampere •