“Matad a todos los bisontes que podáis. Cada bisonte muerto es un indio menos”. La frase se atribuye al coronel estadounidense Richard Irving Dodge en 1867
“Matad a todos los bisontes que podáis. Cada bisonte muerto es un indio menos”. La frase se atribuye al coronel estadounidense Richard Irving Dodge en 1867 y resume la lógica criminal aplicada contra los pueblos indígenas de las Grandes Llanuras. El ejército y los cazadores coloniales comprendieron que destruir los animales de los que dependían aquellas comunidades permitiría someterlas mediante el hambre, expulsarlas de sus tierras y encerrarlas en reservas.
Antes de 1800 se calcula que entre 30 y 60 millones de bisontes recorrían Norteamérica. La matanza industrial redujo esa población a apenas unos cientos a finales del siglo XIX. Los animales proporcionaban alimento, pieles, herramientas, combustible y materiales para construir refugios, por lo que su exterminio golpeó directamente la supervivencia de numerosos pueblos indígenas. Granville Stuart, terrateniente de Montana, escribió en 1879 que aquella destrucción era una medida gubernamental destinada a subyugarlos.
Estados Unidos construyó buena parte de su expansión territorial mediante asesinatos, desplazamientos forzosos y la destrucción calculada de las condiciones de vida de quienes ya habitaban esas tierras. Después convirtió la conquista en una aventura heroica protagonizada por vaqueros y soldados. La matanza de bisontes demuestra hasta dónde llegó esa crueldad colonial: condenaron a comunidades enteras al hambre para robarles el territorio y todavía pretenden que llamemos civilización a semejante barbaridad.
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