ÚLTIMA LLAMADA PARA TRIGO SICILIANO

 


Sicilia no tiene un problema con el trigo. Tiene un problema de visión.

Cada verano somos testigos del mismo ritual: el precio del trigo se desploma, los agricultores protestan, la política promete alguna contribución y, puntualmente, todo vuelve a ser como antes. Es una liturgia que se ha repetido durante décadas y que solo ha producido un resultado: el empobrecimiento progresivo del cultivo de cereales sicilianos.
Sin embargo, los números cuentan otra historia.
En 2025, Sicilia produjo unas 420.000 toneladas de trigo duro. Los sicilianos somos unos cinco millones y consumimos una media de 40 kilogramos de pasta al año. Esto significa que la necesidad regional es de unas 200.000 toneladas de pasta. Traducido: El trigo siciliano sería teóricamente suficiente para cubrir todo el consumo de la isla y aún así dejar disponibilidad para otros usos.
La verdadera pregunta, entonces, no es cuánto trigo producimos, sino por qué seguimos vendiéndolo como una simple mercancía, permitiendo que el valor añadido se genere en otro lugar.
La respuesta no puede ser otra contribución pública más. Las subvenciones pueden aliviar una crisis, pero no construyen un futuro. Son anestésicos, no curas.
En cambio, es necesario imaginar una verdadera estrategia regional: una cadena de suministro siciliana de trigo y pasta, capaz de transformar una cuota creciente de la producción en la isla y convencer, ante todo, a los sicilianos de elegir qué nace en su propia tierra.
Para tener éxito necesitamos lo que siempre ha faltado: una gran campaña de alfabetización alimentaria. No publicidad, sino conocimiento. Explicar a los consumidores que comprar pasta producida con trigo siciliano significa tomar tres decisiones al mismo tiempo: proteger la salud, apoyar la economía agrícola de la isla y preservar un paisaje que sin agricultura está destinado a abandonar.
Esta es una actividad que debería estar en manos de la política, si es que la existe en Sicilia.
Junto a esta cadena de suministro, quienes tengan las condiciones deberían seguir invirtiendo en variedades locales y en los llamados cereales antiguos. No para seguir una tendencia, sino porque representan un patrimonio irrepetible de biodiversidad y te permiten acudir a un mercado internacional de alto gasto, dispuesto a pagar el valor de la identidad, la calidad y la historia.
El reto no es pedir unos euros más por un quintal de trigo. El reto es asegurar que ese trigo ya no salga de Sicilia como materia prima anónima, sino que permanezca allí para convertirse en pasta, pan, trabajo, ingresos y cultura.
Si este camino se sigue con convicción, el cultivo de cereales sicilianos seguirá teniendo futuro.
Si, por otro lado, este proyecto también fracasa, podemos decirlo sin buscar otras coartadas: no habrá sido el mercado el que cerró mil años de historia. Debíamos de ser nosotros, incapaces de reconocer el valor de lo que teníamos ante nuestros ojos.

Y con el trigo habríamos perdido la capacidad de imaginar nuestro futuro.

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