Prestaba millones a países en quiebra a cambio de sus cerillas: Ivar Kreuger
Prestaba millones a países en quiebra a cambio de sus cerillas: Ivar Kreuger
En octubre de 1929, mientras Wall Street se hundía en el mayor desplome de su historia, un empresario sueco firmaba con el gobierno alemán un préstamo de 125 millones de dólares. Ningún banco del mundo se atrevía a mover tanto dinero en aquellos días. Él sí.
Pero a cambio no pedía intereses altos, sino el monopolio de las cerillas en Alemania durante cincuenta años. Se llamaba Ivar Kreuger, y la prensa lo llamaba el Rey de las Cerillas.
Era ingeniero, hijo de una familia de fabricantes de fósforos de Kalmar, y había hecho fortuna primero en la construcción, trabajando en Estados Unidos y levantando edificios en Suecia con técnicas de hormigón armado que allí casi nadie dominaba.
Pero vio una oportunidad más grande en el negocio familiar, por lo que poco a poco fue absorbiendo uno a uno a los fabricantes suecos de cerillas hasta crear un gigante, Swedish Match.
Después de la Primera Guerra Mundial descubrió algo que nadie había aprovechado. Media Europa estaba arruinada y necesitaba dólares, y los gobiernos tenían algo valioso que vender: el derecho exclusivo a fabricar o vender un producto en su territorio.
Así que Kreuger comenzó a conseguir dinero en Wall Street vendiendo acciones y bonos de sus empresas a inversores estadounidenses, para prestárselo a los países a cambio del monopolio de las cerillas.
Era un producto barato, pero lo usaba todo el mundo, todos los días.
Firmó acuerdos con Polonia, con Ecuador, con Francia, que recibió 75 millones en 1927, y con más de una decena de países de Europa e Hispanoamérica. Llegó a controlar entre dos tercios y tres cuartos de las cerillas que se fabricaban en el planeta. Sus empresas pagaban dividendos altísimos, sus acciones estaban entre las más repartidas de Estados Unidos y en Estocolmo se construyó un palacio de oficinas al que llamaban el Palacio de las Cerillas.
Pero las cuentas no salían.
Las cerillas eran un negocio rentable, pero no tanto como para sostener préstamos multimillonarios y repartir aquellos dividendos. Kreuger los pagaba con el dinero que entraba de los nuevos inversores. Controlaba él solo la información financiera de un laberinto de cientos de sociedades, y nadie, ni siquiera sus directivos, tenía una visión completa de las cuentas.
Y cuando llegó la crisis del 29, el dinero dejó de entrar.
Para seguir aparentando solvencia ante los bancos, Kreuger fabricó con su propia mano bonos del Estado italiano por valor de unos 142 millones de dólares, con la firma falsificada del ministro de Finanzas. Nunca había conseguido un monopolio en Italia.
Finalmente, en marzo de 1932, acorralado por los vencimientos, se encerró en su apartamento de París y se pegó un tiro. Tenía 52 años.
Semanas después, los auditores entraron en sus cuentas y encontraron los bonos falsos y activos inflados en todas partes. El imperio quebró, cientos de miles de pequeños inversores lo perdieron todo y en Suecia cayó hasta el gobierno.
En Estados Unidos, el escándalo fue uno de los detonantes de la Ley de Valores de 1933, que obligó por primera vez a las empresas que salían a bolsa a publicar información financiera completa y auditada.
Un año después nació la SEC, el regulador de los mercados. Las cuentas que hoy presenta cualquier compañía cotizada siguen reglas que se escribieron por culpa del Rey de las Cerillas.
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