«Para que los políticos catalanes puedan ser condenados por un delito de rebelión, se necesita violencia. Y si la violencia no existe, es necesario fabricarla»
La doctrina del shock
«Para que los políticos catalanes puedan ser condenados por un delito de rebelión, se necesita violencia. Y si la violencia no existe, es necesario fabricarla»
Lo explicaba Naomi Klein en su obra La doctrina del shock: las contrarreformas de la clase dominante siempre llegan en momentos de confusión colectiva, a menudo seguidas de una catástrofe natural o un atentado. El miedo inducido y la amenaza de la violencia operan como herramientas de control de masas. Klein lo llama capitalismo del desastre.
Ocurrió en Chile cuando Richard Nixon recurrió a la CIA para derrocar a Salvador Allende y blindar el libre mercado. Millones de dólares estadounidenses sirvieron para desestabilizar la economía chilena. Se alentaron las huelgas. En junio de 1973 se organizó un primer golpe de estado fallido. En septiembre fue la vencida. Las fuerzas de Pinochet bombardearon el Palacio de La Moneda. A Víctor Jara le arrancaron las manos y le clavaron 44 balas.
La doctrina del shock reapareció en Estados Unidos después del 11-S. George W. Bush aprovechó la confusión de una sociedad sobrecogida por los ataques para invadir Afganistán primero e Irak después. Los derechos humanos quedaron suprimidos en nombre de la seguridad nacional. Guantánamo se convirtió en un campo de concentración. En 2004, el Washington Post desveló una serie de fotografías que retrataban la prisión de Abu Ghraib como un oscuro torturadero.
Durante más de cuarenta años, las políticas antiterroristas constituyeron el principal pegamento de la unidad de España. Los partidos, la judicatura, los cuerpos policiales y la prensa impulsaron y toleraron toda clase de abominaciones con el pretexto de la lucha contra ETA. Desde recortes de derechos civiles hasta la guerra sucia y la tortura. Quien se atreviera a poner en cuestión ese consenso era señalado como amigo de los asesinos y apartado de la esfera pública.
En 2010, cuando ETA anunció que deponía las armas, los poderes oficiales se negaron a dar crédito a la noticia. Nunca una buena nueva provocó tanto enojo en nuestros gobernantes. Declaraciones airadas. Manifestaciones derechistas contra lo que la rama dura del PP calificó de “tregua trampa”. Con el tiempo, cuando el desarme se fue consolidando, el Estado tuvo que reformular su estrategia.
per Jonathan Martínez, 
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