Sílvia Orriols, o por qué el fascismo necesita traidores

 

Sílvia Orriols, o por qué el fascismo necesita traidores

La alcaldesa ultraderechista de Ripoll inicia en redes sociales una cacería contra la persona que pidió investigar la contratación de su hija como agente interina de la policía local. Un caso típico de acoso fascista.

Fotograma de la película 'Citizen Vigilante' (2026), de Uwe Boll. BORVEL FILM

Este artículo se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.


En defensa de @arqueoleg

Un hombre apunta con una pistola a la cámara. A la izquierda de la imagen pone «First the traitors». A la derecha, «then the invaders». El tuit que acompaña al meme, escrito en catalán, dice que gente como él es la primera que tiene que desaparecer del mapa político catalán si queremos enderezar las cosas. Es uno más entre los muchos mensajes que le llegan estos días. El hombre al que van dirigidos se llama Roger Molinas. Es arqueólogo, exmilitante de ICV, activo en los Comuns y conocido en las redes como @arqueoleg. Lo que ha hecho para merecer esto es presentar un escrito ante la Oficina Antifrau de Catalunya.

El 17 de julio se hizo público el decreto de nombramiento de la hija mayor de Sílvia Orriols como agente interina de la policía local de Ripoll, donde su madre es alcaldesa y, además, regidora de Seguridad e Inmigración. La convocatoria se había hecho por vía de urgencia. Orriols aseguró que se había mantenido al margen y que su hija había sacado la mejor nota en un proceso reglado, aunque seis días después de cerrarse el plazo de solicitudes fue ella quien resolvió varios aspectos clave del procedimiento, y la normativa prevé el deber de abstención cuando participa un familiar directo. El 6 de agosto, Antifrau admitió a trámite la denuncia de un particular y abrió expediente. Fase de instrucción, evaluación de verosimilitud, meses para pedir documentación al Ayuntamiento y después decidir si investiga irregularidades administrativas o lo manda a Fiscalía.

Es decir: el funcionamiento ordinario de un organismo de control.

La respuesta de Orriols fue publicar la fotografía de Molinas, su nombre y apellido y su perfil de X, encabezados por dos palabras: «Aquí lo tenéis». Trescientas sesenta mil visualizaciones. Mil doscientas republicaciones. A partir de ahí, el catálogo: insultos por Telegram a las cero horas y siete minutos, dos llamadas perdidas en medio, un audio cantando «gilipollas», un perfil vinculado a Aliança Catalana de Altafulla difundiendo su contacto de Telegram con la coartada de una receta de pastel de manzana, la exhumación de su currículum con un rectángulo rojo sobre la línea que dice dónde trabajó, la acusación de ser agente del CNI, la acusación de cagarse en las piscinas, y un usuario explicando que «hay que eliminarlos de la vida política» mientras colgaba un fotograma suyo con los ojos cerrados.

Los insultos más repetidos eran homófobos. Este detalle no es decorativo.

 De dónde viene la pistola

El meme no es una ocurrencia de un payés de Twitter con la senyera en el perfil. First the traitors, then the invaders es un eslogan de la extrema derecha aceleracionista anglosajona. Su formulación canónica viene de un momento argumental de The Turner Diaries (1978), la novela racista de William Luther Pierce que fue manual de cabecera del terrorismo supremacista norteamericano: un grupo de blancos caza y ejecuta a «traidores de raza» antes de pasar a borrar de la faz de la tierra a toda la población no blanca. La imagen concreta que circula ahora —el hombre con la pistola— está sacada de Citizen Vigilante, una película de Uwe Boll estrenada este año, y Elon Musk la ha reposteado varias veces en las últimas semanas, hasta el punto de que la CNN le dedicó una pieza a finales de julio.

De Pierce a Musk a una cuenta anónima de Ripoll, en catalán, en cuestión de semanas. La globalización funciona.

Lo que llega no es una consigna abstracta. Es una secuencia operativa con un orden explícito: primero los de dentro. El invasor es el segundo objetivo, y lo es precisamente porque el primero, el que hace posible la invasión, es el compatriota que no cumple. El traidor va antes. El extranjero puede esperar.

Hace décadas que se dice que el ultranacionalismo necesita un exterior para definirse. Cuesta más de explicar la parte incómoda: que necesita todavía más un interior defectuoso. Si la nación fuera realmente un hecho natural de sangre y lengua —«vincles naturals de sang, raça, llengua, territori i costums», en la formulación de Els Intransigents de Catalunya, el colectivo del que Orriols fue la cara visible— no haría falta depurarla. La pureza necesita traidores. Sin alguien a quien señalar como impuro, la esencia se queda sin demostración. El maricón, el de izquierdas, el subvencionado, el hijo de los Comuns, el agente de Madrid: todas son variantes de la misma figura. El catalán que no da la talla.

Nostrats

Todo fascismo tiene en su líder supremo la figura a la que someterse. Tanto Trump, rodeado de palmeros constantemente, como Abascal, que ha ido apartando a todos los fundadores de Vox hasta quedar él solo —el último, Ortega Smith, expulsado del partido en abril de 2026—, como Orriols, son figuras prototípicas de los movimientos fascistas históricos.

Señalar al otro. Destaparlo. Enseñar la cara del que molesta para que la jauría sepa dónde morder. Ser inflexible con el débil y llamarlo valentía. No hay nada nuevo en esto: es la gramática del fascismo de toda la vida, la de siempre. Fabricar un enemigo interior, marcarlo, y dejar que la masa haga el resto mientras el que señala se lava las manos.

Aquí esa gramática se envuelve en la estelada. Es un fascismo nuestro, de cosecha propia, que en lugar del águila lleva la bandera de una nación pequeña. Se presenta como la voz de un pueblo amenazado, a punto de desaparecer, que solo se defiende. Es la coartada perfecta, porque quien se cree agredido se autoriza cualquier cosa.

Basta mirar a quién señala y a quién protege. Señala al vecino que denuncia un enchufe, al arqueólogo de los Comuns, al migrante, al que no encaja en el retrato de sangre y lengua. Y protege, en el mismo movimiento, a los de siempre. Porque conviene no perderse en la palabra «independentista»; es lo de menos. Aliança Catalana es, antes que nada, un partido de las élites. Eso explica lo que de otro modo no se entiende: que le esté robando uno de cada cuatro votantes a Vox —gente supuestamente españolista y antiindependentista— y que a la vez haya pasado por encima de Junts, que cae a los 16-18 escaños y solo retiene a la mitad de los suyos. Por debajo de la bandera late algo mucho más antiguo que la bandera: la oligarquía catalana de siempre. La que hizo fortuna con el tráfico de esclavos. La que dio por buena la llegada de Franco porque venía a poner orden. La que nunca ha tenido más patria que sus intereses y que cada vez que se ha sentido amenazada ha sabido dónde ponerse.

Y la genealogía del partido está escrita en los papeles. El Front Nacional de Catalunya se registra en 1999, pero no se presenta públicamente hasta 2013, en un acto en el que Jordi Casacuberta aparece acompañado de Moisès Font, exconcejal de la xenófoba Plataforma per Catalunya en Olot. Por medio, en el año 2000, nace Unitat Nacional Catalana, presidida por Xavier Andreu, exmilitante de la organización neonazi CEDADE y articulista de la revista nacionalsocialista que dirigía Pedro Varela, el propietario de la Llibreria Europa condenado varias veces por apología del Holocausto. El símbolo de UNC era el 33Catalunya Catalana, la tercera letra del alfabeto— calcado de la mecánica del 88 de los neonazis alemanes. Orriols fue regidora del FNC en Ripoll y lo dejó en marzo de 2020, por demasiado moderado, antes de fundar su partido ese mismo año. En 2024, Aliança Catalana se distanció de Le Pen y Meloni para abrazar a AfD, y ambos partidos hicieron público el acuerdo con un vídeo conjunto: el partido al que Le Pen y Salvini habían echado de su grupo en la Eurocámara después de que su cabeza de lista dijera que no todos los miembros de las SS habían sido criminales. Y el primer barómetro del CEO de este año le da un 15% de los votos y entre 23 y 25 escaños, tercera fuerza, por delante de Junts. Veintitrés escaños.

Sus votantes, según el mismo barómetro, se colocan en un 5,7 sobre 10 en el eje ideológico. Se creen de centro. También lo creían los que votaron por primera vez a Le Pen y los que metieron a AfD en los Länder del este. Nadie se siente extremista mientras el extremismo consista en decir en voz alta lo que todo el mundo piensa. Por eso no hay que banalizar el fascismo, por eso hay que denunciarlo. Porque si no, un día quizá sea demasiado tarde.

Como dijo Martin Niemöller:

Primero vinieron por los comunistas, y guardé silencio porque no era comunista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío.
Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre.

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